La locura tiene sus cosas. A veces los locos dicen o hacen algo que ponen a pensar a los cuerdos. Son los casos en los que uno se queda mirando y piensa: «¿Estará fundío de verdad?»
Pero con este, cuando apareció en la puerta de la librería, no había margen a la duda. No hacía falta verlo mucho para darse cuenta de que por cierto lado del cerebro alguna de las zapatillas se le había ido de revoluciones.
Medía algo más de cinco pies y debía tener unos 40 años. Era prieto, delgado, pero con un cuerpo fornido, y vestía unas ropas de trabajo de color verde olivo, manchadas por el polvo y la grasa de los motores.
En un vistazo inicial, lo primero que indicaba que algo no andaba bien era una barba desaliñada, que pedía agua a gritos.
Sin embargo, lo que dio la seña final de la locura fue su manera de hablar. Sencillamente, no pronunciaba palabra alguna. Lo único que hacía era lanzar una sucesión de gruñidos entrecortados, a veces violentos, otras veces más suaves; pero siempre acompañados de un amasijo de gestos que lanzaba sin importar quien estuviera cerca.
El local era de libros de uso y él entró con su balbuceo directo a las mesas de la izquierda. Sin mirar a nadie, comenzó a tomar los volúmenes. Los ponía al revés, con las letras hacia abajo, y así se mantenía un rato con su letanía, como si conversara con alguien que estaba en las páginas o en la pared de enfrente.
«Hoy está más suave», susurró una persona. Menos mal, caramba. No obstante, entre la suavidad y las aceleraciones, entre las miradas y los cuchicheos de la gente, había una pregunta en el ambiente: ¿qué había entre ese loco y los libros?
El asunto es que a los libros y a la lectura se la ha tenido siempre como algo elevado. Tú lees y, por lo tanto, eres o debes tratar de ser -decían en las sociedades empingorotadas- más culto, más educado, más solidario, más humilde y más abnegado, más caballero y mucho más dama, sobre todo (miren bien) cuando lees a los grandes autores. Así de claro.
Ese criterio andaba en su guateque hasta que llegó el año 1945. Por esos días, cuando los aliados entraron a los campos de concentración nazis, descubrieron que la muerte de millones de personas se ordenaba por los mismos sujetos que leían con devoción a Schiller y a Goethe.
Aquellos, por supuesto, no eran locos (¡No, qué va, señor! ¿Quién dice eso?), sino algo peor: eran unos grandísimos hijos de puta, para soltarlo por lo finito, algo que, con todas sus cosas, el enfermo que teníamos delante no parecía ser.
El caso es que allí estaba el tío. Con su monólogo, con su dale para alante y para atrás, con ese misterio a cuestas de por qué razón, en su caso, los libros eran capaces de traspasar el delirio mental y ubicarse como algo que se debía respetar.
Porque, a fin de cuentas, dímelo tú, Sigmund Freud, las locuras también pueden ser algo relativo. Un problema de apreciación en el que a veces dudas si el loco en verdad es un cuerdo y el cuerdo, por el contrario, tiene algo de chiflado.
Por ahí andaba la cosa cuando avisaron: «Hay que cerrar». Se lo repitieron un par de veces y le señalaron la puerta. El visitante soltó unos gruñidos. Dejó el libro de turno, trató de tomar otro; le insistieron que saliera y justo ahí, en el borde del salón, miró algo.
Los ojos se le achicaron y miró extrañado. «Oiga, hay que cerrar», repitieron con suavidad. «Salga, salga».
El tipo no le dió importancia. Solo extendió con rapidez el brazo y puso los dedos sobre un libro, como si lo acariciara. Era Ivanhoe, de Walter Scott. Por unos segundos, los ojos se le pusieron húmedos. Luego dio la espalda y se fue.
Uno lo siguió con la mirada hasta que se perdió lentamente entre los portales de la ciudad y los primeros resplandores del otoño. Entonces a uno no le quedó más remedio que preguntarse: en ese momento, justo en ese instante, cuando tocó el libro, ¿ese hombre estaba loco de verdad?
(Publicado originalmente en el periódico Juventud Rebelde)




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