Plan nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino: el de los papeles, el de los globos, el de los inventos.
El de meter más líneas que un buen juego de pelota. El de pedirles a los simples mortales (siempre de arriba hacia abajo), que te piensen, que te imaginen, que busquen hojas e impresoras (las cuales muchas veces no tienen) para que te den forma al tamaño carta u otro a su imagen y semejanza, y cumplas así tu designio: el de dormir el sueño de los justos en una gaveta y servir de alimentos a las polillas.
Hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo; si es posible que en alguno de los dos lugares se cumplen a cabalidad esas cosas que mandan a pedir con días, semanas y hasta con años de antelación.
En ese sentido, el de las solicitudes para imaginarte y que a veces no son tan solícitas, te conviertes en una especie de niño bien deseado, en una criatura que ya tiene reservada de antemano su gaveta, su archivo en una computadora, su presilla, su cuño y hasta el lapicero con el que firmarán sobre ti la señal de nacimiento y aprobación, sin tener que pasar por las colas del Registro Civil.
Danos hoy, si es posible, nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos piden, con tanta pasión, que te pensemos, que te escribamos, que te entreguemos.
Perdónanos, te lo rogamos. Pero en ocasiones es imposible reprimir los deseos de acordarse de la madre, el padre y hasta de los abuelos y los tíos de quienes demandan tu redacción y cumplimiento, y no se preocupan porque nosotros, los felices normales, no tengamos en el trabajo un bebedero para tomar un poco de agua ligeramente fría.
Tú eres la expresión de que a veces importa más la forma que el contenido. No es que seas necesario. No es que puedas ser útil. No es que puedas darle paso a la tan necesitada organización. Ese no es el problema.
El dolor de cabeza es que te hacen inmutable, aunque al final te desdeñen. Todo tiene que estar subordinado a ti. La vida debe girar alrededor de ti. Los designios, los proyectos, los cultivos, las flores, las abejas, las clases, las ideas, las reuniones, el amor y los sueños deben marchar alrededor de ti. Dios en el cielo y el plan en la tierra.
Bajo ese principio, lo fortuito es extraño y no debe atenderse porque no está en el plan. Cuando piden que te hagan, escucha esto, convierten a la gente en amantes forzosos de la ciencia ficción. Tú preguntarás por qué y la razón es una: porque los ponen a adivinar el futuro sin ser videntes ni tener vocación de astrólogos.
Salirse de ti para algunos se convierte en un sacrilegio. En una ilegalidad. En un crimen. En una afrenta a la patria. Un desliz al estilo de los cuentos del Decamerón es más soportable que incumplir contigo.
Por eso te convierten en el dueño de la verdad absoluta. «El Estado soy yo», dijo Luis XIV. Se equivocó. Debió decir: «El plan soy yo».
A veces te preguntamos: ¿Cómo se puede predecir la vida? Los planetólogos (esos especialistas en exigir y estudiar los planes y que hasta tienen la intimidad con su pareja desde las líneas de un plan), ¿sabrán acaso que la alegría de la vida, que es nuestra razón de ser, no se puede encerrar en los cuatros costados de una hoja de papel?
Por eso, Plan nuestro de cada día, a veces creemos que tú también eres una víctima. A veces, mientras te hacemos, te mal pensamos y te maldecimos, también nos entristecemos porque te alejas de esa fiesta que es salir de la espuria zona de confort, de abrazar la oportunidad que de pronto surge de lo desconocido, de agradecer a la incertidumbre porque ella es un viaje al conocimiento y la verdad.
Por eso, por esas cosillas tan necesarias para vivir, te lo pedimos de favor. No nos dejes caer en la tentación, y líbranos, lo rogamos, del mal de no pensar. Amén.




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