| Betsabé Torres
El periodista estaba cansado, el camino era agreste y las botas le pesaban como plomo. Miró por un momento a los hombres que lo acompañaban, eran ágiles como liebres, y pese al calor sorteaban sin dificultad los obstáculos del camino. Deseó entonces no haber elegido la camisa de franela, que ahora podía exprimirse a causa del sudor.
Si bien no fueron pocos los peligros evadidos desde los Estados Unidos, ahora James O’Kelly estaba a solo unos metros de cumplir la misión que lo había traído a Cuba. Desde hacía ya un año el periódico The New York Herald, para el que trabajaba, ardía en el deseo de conocer de primera mano la verdad detrás de la lucha independentista que en la isla se libraba contra España.
Su primer enviado en 1872, el periodista Mr. Henderson, no tuvo la sagacidad para burlar al gobierno de la isla y regresó al diario remordido por el fracaso. Esta vez el Herald había escogido al corresponsal indicado, pues O’Kelly no era hombre de amedrentarse fácilmente, había sobrevivido a un fusilamiento en México, merecido grados de coronel en la guerra franco-prusiana y participado en innumerables conspiraciones por la independencia de su natal Irlanda.
Por tales motivos no fue extraño que una vez instalado en Cuba, solicitara un salvoconducto para recorrer el país y atravesar el campo insurrecto, pese a que podía ser encarcelado de inmediato por tamaño atrevimiento.
El Capitán General le permitió moverse por las regiones controladas por España, mas tenía prohibido pasar a las zonas mambisas. De ser sorprendido en compañía de los liberales sería fuertemente castigado.
Nada de eso era importante ahora. A solo unos pasos se abría ante él una hilera de pequeños bohíos, perfectamente ordenados, con techumbres de palma y de los cuales salía un vigorizante olor a café. Era el momento de conocer al hombre del que todos hablaban pero nadie había visto, el iniciador, el señor presidente Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo.
Entra y, sin más formalidad que la correspondiente al visitar a un amigo, se encuentra a un hombre fuerte, «nervioso por temperamento», que, al saludarlo en un perfecto inglés, descubre una sonrisa iluminada por unos «dientes extremadamente blancos y con excepción muy bien conservados».
«La residencia presidencial» no era muy diferente de los bohíos anteriores; unos cuantos taburetes, una hamaca y una mesa bastante rústica componen casi todo el mobiliario. Los libros perfectamente dispuestos, un revólver y un Winchester de dieciséis tiros son, junto a dos o tres maletas, todas las posesiones del presidente.
Céspedes se interesa por los pormenores de su estancia en el país. Conoce de las amenazas de muerte con las que los generales españoles presionan su salida del territorio insurrecto. Ha mandado preparar una habitación para que descanse de la extenuación causada por la travesía y le invita a almorzar, advirtiendo antes que, por los sudores en la frente del periodista y lo maltrecho de su ropaje, difícil debió ser su arribo a aquella zona.
O’Kelly está fascinado con la compañía de este hombre a quien imaginaba tan diferente. El presidente le ofrece un bote que lo llevará a Jamaica terminada su entrevista; cualquier precaución para con los españoles es poca. Él, aunque agradecido, declina la oferta anteponiendo su propósito de continuar con las investigaciones necesarias para su trabajo en el Camagüey; de ser así, Céspedes promete ayudarlo en el traslado.
Ya frente a la mesa, queda sorprendido de ver una comida tan aborigen. «Los platos eran en su mayor parte de estaño pulido y escrupulosamente limpios, consistiendo el almuerzo en carne cocida, boniatos, harina de maíz, casabe y una especie de pasta hecha de maíz indio. Como bebida, agua pura, en tanto el café es sustituido por una infusión de agua caliente y jengibre endulzada con miel» a la que los nativos llaman agua mona.
Aunque James se había acompañado en más de una ocasión de importantes mandatarios, como lo fue, por ejemplo, el emperador de Brasil, Pedro de Alcántara, quien quedó impresionado ante la manera espectacular con que el periodista salvó la vida de su esposa en la bahía de Río de Janeiro; nunca lo hizo con hombre tan sencillo como Carlos Manuel.
Un año después, hacia 1874, escribiría en el libro que dedicó a Cuba y su lucha: «Aunque el almuerzo era frugal en extremo, estaba servido con toda la formalidad que se hubiera buscado en la Casa Blanca. Si allí no se veía el lujo y esplendor que se observa en los festines de gobernantes más felices, en cambio el acto revestía un carácter de grandeza moral que, a mis ojos, compensaba con mucho, la ausencia de pompas mundanales».
Frente al presidente
La entrevista por la que apostó su vida no fue sino la confirmación de lo vivido con el general Calixto García y su tropa hacía un tiempo. Aquellos hombres descalzos y mal vestidos, amparados del sol por grandes sombreros de yarey, eran capaces de darlo todo por su libertad.
Eso fue lo que le vio hacer a Calixto en el ataque al poblado de Jiguaní y fue lo que escuchó del presidente Céspedes. «Nosotros queremos la paz para poder dedicarnos a la reconstrucción de nuestros hogares y el bienestar del país, pero antes que todo, queremos nuestra independencia. Si España continúa la guerra, pelearemos hasta que el país se convierta en un desierto».
Carlos Manuel habla con pasión de sus ideales, y el periodista toma nota de todo como quien no quiere perderse ni los suspiros, le pregunta de los intentos de España por asesinarlo, ha sabido que vive sin guardias, salvo en la noche cuando solo un vigía cuida su puerta.
Reúsa develar el número de hombres que integran las filas del Ejército Libertador. Afirma que no cuenta con los recursos para mantenerlos y, tanto las municiones como la comida, son arrebatadas en gran parte al adversario. A quienes, según O’Kelly constató, tratan con demasiada gentileza los liberales aun habiendo recrudecido España sus posturas.
«He hecho varios esfuerzos, aunque sin resultados, para inducirlos a hacer la guerra de una manera civilizada. Los españoles han recurrido a los medios más crueles para subyugarnos», confiesa el presidente con voz tenue y manos temblorosas.
Ante la pregunta sobre el intento de los generales sublevados en Cádiz el 19 de noviembre de 1868 de transformar a España en un país democrático, Céspedes le confiesa que no tiene mucha esperanza en ello. «Ese no es un país republicano, la aristocracia militar nunca tolerará un gobierno con semejante carácter, en poco tiempo probablemente se levantará una lucha entre monárquicos y republicanos, que de seguro se inclina por la corona».
Terminada la entrevista, O’Kelly se mantuvo con las fuerzas mambisas en el pequeño fortín de Río Azul, por varias semanas. Años después nada le causaría mayor diversión que recordar el día en que puso a todo el campamento en pie de guerra. Y pensar que su temor a los camaleones fue el causante del alboroto…
Resultó que en un árbol cercano a su bohío descansaba del calor un enorme reptil; cuando, incómodo por su presencia, James le destroza la nariz de un balazo y pone con el ruido a todos los hombres en alerta. Nunca había visto guerreros tan entrenados, ni reflejos tan rápidos. Nunca sintió tanta estupefacción y apeno como en aquella ocasión. Y no fue sino por el coronel Céspedes, hijo del presidente, que se salvó de las consecuencias de su torpeza. Para el coronel el incidente había sido un excelente simulacro para probar la disciplina de sus soldados.
Aquellos días en el campamento insurrecto y los otros que le sucedieron fueron para James la revelación de la realidad que España intentaba disfrazar con su propaganda. «Si yo hubiera estado animado de un sentimiento hostil contra la causa cubana, la paciencia con que ellos soportaban la fatiga y aun la necesidad, me habrían convertido en su favor y hecho de mí su amigo».
Cuando O’Kelly abandonó el territorio mambí y regresó a la ciudad de Manzanillo, las autoridades colonialistas lo apresaron, confinándolo a un calabozo. Fue procesado por una corte militar y, gracias al reclamo de la prensa norteamericana, consiguió su liberación.
Un año después, mientras escribía las páginas que inmortalizarían su viaje, pensaba en la manigua espesa, en aquel hombre en extremo cortés, en los miles de descalzos que luchaban hasta la extenuación. Entonces le pareció mambí la palabra más honrosa del mundo, y La tierra del mambí el nombre perfecto para sus páginas.
Imagen: Esteban Chartrand
Publicado originalmente en el blog Brújula Sur.




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